
Cuando alguien se va o nos vemos siendo partícipes de uno de los mayores traumas vitales que nos da la vida aferrándose al azar para llevarlos a cabo nos sumergimos en la voluptuosidad que produce tener que dedicarse a sufrir algo que duele, lo cogemos con ganas, con heroicidad y valentía, incluso con orgullo, hasta con regocijo. Una vez manifestada la afliccion hipócrita que provoca el deseo de vivir algo apasionante, y que hace que prevalezca este estado inicial, (sea benévolo o maligno), el entorno harto de nuestros sollozos fingidos y nuestra narración pasional que a la vez nos cautiva termina su labor y es cuando llegamos al verdadero trauma. La nada. Stand by.
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