sábado, 31 de diciembre de 2011
miércoles, 28 de diciembre de 2011
Máscaras
viernes, 11 de noviembre de 2011
lunes, 31 de octubre de 2011

Sí, hoy me han dado el palo. De zombie. Me han dado el palo, que me han robado. Antes de morir, habré escrito algo que merezca la pena a base de absurdeces vitales.
I've been waiting for a guide to come and take me by the hand,
Could these sensations make me feel the pleasures of a normal man?
These sensations barely interest me for another day,
I've got the spirit, lose the feeling, take the shock away.
It's getting faster, moving faster now, it's getting out of hand,
On the tenth floor, down the back stairs, it's a no man's land,
Lights are flashing, cars are crashing, getting frequent now,
I've got the spirit, lose the feeling, let it out somehow.
What means to you, what means to me, and we will meet again,
I'm watching you, I'm watching her, I'll take no pity from your friends,
Who is right, who can tell, and who gives a damn right now,
Until the spirit new sensation takes hold, then you know,
Until the spirit new sensation takes hold, then you know,
Until the spirit new sensation takes hold, then you know,
I've got the spirit, but lose the feeling,
I've got the spirit, but lose the feeling.
Feeling, feeling, feeling, feeling, feeling, feeling, feeling.
jueves, 20 de octubre de 2011
sábado, 15 de octubre de 2011
sábado, 1 de octubre de 2011
domingo, 24 de julio de 2011
Gatos.
A veces, cuando estoy en la cama y no puedo dormir, entre las vueltas que doy y lo que me frustro, me entran unas ganas irracionales y acuciantes de dejar a un lado las sábanas, levantarme de golpe y empezar a gatear, gatear como una niña no supervisada que se escapa de su cuna en busca de un encuentro fortuito con cualquier objeto no aprobado para menores de 3 años porque puede contener piezas pequeñas que podrían ser ingeridas. He de confesar que últimamente dicho estado de semilocura me parece la única forma de mantenerme cuerda. Creo también que cuando uno gatea lo que está haciendo es retrotraerse a un pasado remoto en el que humanos y gatos compartieron un ancestro común. Se trata de un ejercicio de conexión con la naturaleza. Maullar o imitar los sonidos de un bebé suponen una ayuda inestimable para la realización de este ejercicio. Si el niño o el gato realizan estos traqueteos exploratorios a cuatro patas es porque una fuerza ajena a su consciencia, una fuerza que carga con el peso de billones de años, les está impulsando a ello, no sólo a descubrir lo nuevo sino a redescubrir lo que cada día vemos sin mirar.
Es cierto que esta misma fuerza es la que hace que tarde o temprano los humanos crezcan, mientras que los gatos, sobre todo en los pisos, donde por cierto los cuidan como a bebés, permanezcan fieles a sus instintos. Para resarcirnos de este hecho por lo demás ineludible, los adultos inventamos la expresión “la curiosidad mató al gato”, como si la muerte del curioso fuese algo malo, como si no fuese la más dulce y bella de todas las formas de morir. La ceguera interior es congénita a la edad adulta. Abramos los ojos a la oscuridad de nuestros cuartos en la noche y finjamos, no sólo como consuelo sino como reclamo definitivo de nuestras capacidades combativo-espirituales largo tiempo olvidadas, que las sombras son la verdadera luz y que los maullidos son las campanadas que anuncian una nueva era de cordura y genialidad. ¡Viva la felinidad!
Estas son las razones por las que no he ido hoy a clase.
lunes, 27 de junio de 2011
miércoles, 8 de junio de 2011
domingo, 5 de junio de 2011
viernes, 3 de junio de 2011
Memorias del subsuelo. Y de la mano de un neurótico.

Cuando alguien se va o nos vemos siendo partícipes de uno de los mayores traumas vitales que nos da la vida aferrándose al azar para llevarlos a cabo nos sumergimos en la voluptuosidad que produce tener que dedicarse a sufrir algo que duele, lo cogemos con ganas, con heroicidad y valentía, incluso con orgullo, hasta con regocijo. Una vez manifestada la afliccion hipócrita que provoca el deseo de vivir algo apasionante, y que hace que prevalezca este estado inicial, (sea benévolo o maligno), el entorno harto de nuestros sollozos fingidos y nuestra narración pasional que a la vez nos cautiva termina su labor y es cuando llegamos al verdadero trauma. La nada. Stand by.
viernes, 27 de mayo de 2011
Hospitales.
Aquello hizo las veces de pausa dramática. Rayaba la medianoche en el hospital, pabellón de cuidados intensivos y operaciones, un lugar apacible donde personajes curiosos se reunían por la noche para velar por los enfermos. Un club extraño, compuesto en su mayor parte por idealistas y anegados, aunque también los había con esperanzas fundadas. La mayoría se conocía a través de expresiones faciales, de miradas, de gestos en el silencio, probablemente la mejor forma si se piensa que todo intento de charla eran guiones preescritos en sus mentes desde el principio de los tiempos: “¿lleva mucho tiempo aquí?”, “no funciona la máquina del café”, “tuvo un accidente de moto, está muy grave”, “vaya por Dios”, “¿cómo va el partido?”, “pues yo tengo una tía en Pamplona…”.
Estaba, por ejemplo, la anciana señora Lucinda, que cabizbaja tejía y que nadie sabía muy bien por qué estaba allí, sentada en su banco del pasillo, sin entrar nunca a habitación alguna, unas gafas de culo de vaso que agrandaban sus ojos en un intento vano de compensar sus cataratas. Pobre señora Lucinda, se decían. Parece ser que su marido, ya viejo el pobre señor, se había empeñado en seguir llevando el tractor hasta que un día, (pues a mí me han dicho que en realidad está loca, la vieja, después de que se le muriera el hijo siguió viniendo aquí cada día a tejerle un jersey al cura para cuando se pusiese bueno), ¿pero por qué susurraba la mujer? Si está sorda como una tapia…
La mayoría de la gente, quizá por aburrimiento, falta de espacio para dormir, revistas que leer o gente con la que charlar un poco, solía concentrarse en la sala de espera. Una colección de ojeras con su propia atmósfera de sonidos de ronquidos, toses y pasar de páginas semejante a una madriguera de marmotas lectoras con catarro. La gente solía hablar bajo a esas horas de la noche y, aunque la mitad de las luces amarillas del techo estaban encendidas, la oscuridad se hacía patente y entristecía los colores de la sala.





