A veces, cuando estoy en la cama y no puedo dormir, entre las vueltas que doy y lo que me frustro, me entran unas ganas irracionales y acuciantes de dejar a un lado las sábanas, levantarme de golpe y empezar a gatear, gatear como una niña no supervisada que se escapa de su cuna en busca de un encuentro fortuito con cualquier objeto no aprobado para menores de 3 años porque puede contener piezas pequeñas que podrían ser ingeridas. He de confesar que últimamente dicho estado de semilocura me parece la única forma de mantenerme cuerda. Creo también que cuando uno gatea lo que está haciendo es retrotraerse a un pasado remoto en el que humanos y gatos compartieron un ancestro común. Se trata de un ejercicio de conexión con la naturaleza. Maullar o imitar los sonidos de un bebé suponen una ayuda inestimable para la realización de este ejercicio. Si el niño o el gato realizan estos traqueteos exploratorios a cuatro patas es porque una fuerza ajena a su consciencia, una fuerza que carga con el peso de billones de años, les está impulsando a ello, no sólo a descubrir lo nuevo sino a redescubrir lo que cada día vemos sin mirar.
Es cierto que esta misma fuerza es la que hace que tarde o temprano los humanos crezcan, mientras que los gatos, sobre todo en los pisos, donde por cierto los cuidan como a bebés, permanezcan fieles a sus instintos. Para resarcirnos de este hecho por lo demás ineludible, los adultos inventamos la expresión “la curiosidad mató al gato”, como si la muerte del curioso fuese algo malo, como si no fuese la más dulce y bella de todas las formas de morir. La ceguera interior es congénita a la edad adulta. Abramos los ojos a la oscuridad de nuestros cuartos en la noche y finjamos, no sólo como consuelo sino como reclamo definitivo de nuestras capacidades combativo-espirituales largo tiempo olvidadas, que las sombras son la verdadera luz y que los maullidos son las campanadas que anuncian una nueva era de cordura y genialidad. ¡Viva la felinidad!
Estas son las razones por las que no he ido hoy a clase.