miércoles, 14 de octubre de 2009

Muy forzado.

From the edge of the deep green sea (En un videoclub fantas(ma)tico).


Así acabé allí, fue la mayor exigencia que hice hacia el mundo hasta aquel entonces, quería comprar, consumir, tener poder, dejar de depender de los demás para emborracharme, viajar, largarme y hacer lo que me diese la gana. Quería tirarme más a menudo al que por aquel entonces era mi novio.

En aquel videoclub acabé descubriendo a cada una de las personas cinéfilas de mi barrio, las preferencias de cada uno, las rarezas, las simplezas, el historial cinematográfico de cada uno de ellos. Durante meses permanecí rodeada de cintas VhS, DVDs, posters desteñidos por el sol que parecían ser las nostalgias de un Bruce Willis que desprendía jovialidad y una abundante mata de pelo. Olía a regalices, chicles, bollería y vinagre (repugnante, por cierto) y desde la mañana hasta el anochecer se iban acumulando los hedores de cada una de las personas que pasaban por allí.

Las cámaras de pega situadas en la parte superior del mostrador hubieran tenido la credibilidad suficiente si mi jefe la hubiera tenido para otras cosas, lo que significaba que podía abastecerme durante toda la tarde, inflarme de regalices, Red Bull, Cerveza, y apropiarme de algunos ejemplares. Era genial, podía pasarme ocho horas mascando chicle gratis hasta lograr una papada invertida. Podía cerrar el videoclub con llave e ir al baño a fumar pero no sin posteriormente rociar aquel precario metro cuadrado con un ambientador de spray olor Lavanda de marca blanca.

Cuando peor lo pasé fue aquella vez en la que un desajuste intestinal había poseído todo mi ser, y tuve que cerrar veinte minutos antes y discutir con una fea mujer que se creía la diva de un prostíbulo de trolls, la disputa era sencilla, ella quería coger una película y yo quería cerrar, así que no tuve en cuenta sus plegarias y cerré. Pero el barrio es un pañuelo, y esa diva era la amiga de una de las ex-trabajadoras que mi jefe se había tirado antaño. Para mí desgracia, al día siguiente vino mi jefe reclamando formalidad, y yo pensé que la formalidad también radicaba en la contratación legal de sus empleadas, así que una vez más asentí para no cumplir. Si me volvía a poseer algún otro desajuste intestinal cerraría igualmente.

Allí todos los días eran iguales, aunque una mañana todo cambió. Al principio todo transcurría con normalidad, habían pasado por allí todos los clientes asiduos: El esquizofrénico de la lata de coca cola, la deficiente mental que recogía todos los días dos películas normales y una porno que yo cuidadosamente elegía mientras imaginaba grotescas situaciones y reía mentalmente. Luego estaba el loco de los helados y el hombre de los chicles

Entró, y pronto me di cuenta de que venía a por el dinero. Su primera pregunta después de tantear mi situación emocional fue si realmente lo que él pensaba de mí difería mucho de lo que yo pensaba de mi misma. La conversación parecía ser de alto contenido emocional, el quería hacer un trato y la conversación evocaba a pensar que se refería a lo altamente importante, la humanidad. Pero pronto empezó la demagogia, era capaz de hablar de mi interior asociándolo constantemente al dinero que le debía y a insinuar que ambas cosas estaban unidas. A mí me resultó ofensivo y le volví a ver como quien era, un antes, un después y un final. El valor de las cosas volvía a ser para mí una razón de reflexión y yo me había gastado más en luchar por lo que alguna vez fue una relación normal y comprendí que no le debía nada.

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